Riszard Kapuscinsky ve a la humanidad como algo complejo, lleno de aristas que se encarga de explorar y mostrar, retratar desde lo más íntimo. En Un día más con vida, el periodista aborda el tema de la guerra, situación en la cual el ser humano puede llegar a extremos que resultarían impensables bajo condiciones distintas.
Angola es un país que ha viajado casi competo más de una vez, ya cuando la esclavitud exportó a la mitad de la población, ya cuando la guerra hizo que el 95% de los ciudadanos emigraran. Kapuscinsky nos muestra a detalle la guerra de liberación de un país grande tanto en territorio como en pobreza.
Las guerras de liberación no son tan simples como la fórmula oprimidos vs opresores= conflicto + lucha = libertad, si estas tardan tanto tiempo en prepararse y consumarse es por la gran cantidad de pleitos intestinos en ambos bandos, no se puede polarizar de forma romántica en buenos contra malos.
Kapuscinsky nos lleva de la mano a este país que está a punto de la guerra, nos muestra como se va vaciando y nos presta sus ojos y su corazón para ver y sentir como los involucrados. Se filtra en grupos de todo tipo e inclinación y, de manera neutral, nos muestra lo que cada persona tiene que aportar a la visión integral de un fenómeno tan vasto.
A través de historias individuales tocadas de forma muy humana, vamos entendiendo la anatomía del conflicto, Kapuscinsky deja de lado la comodidad o la seguridad propias para involucrarse al máximo en la situación, como un observador que vive junto a los protagonistas privaciones y dramas personales, situaciones extremas que reflexiona y absorbe con los cinco sentidos.
Un día más con vida es un título dicho desde su persona, desde todas las personas con las que compartió la angustia de no saber si este sería el último de sus días en el mundo, el saberse indefenso y continuar allí por pasión periodística, por necesidad de conocer y transmitir a profundidad una situación social política determinada.
El libro es una crónica que jamás llega a resultar tediosa, nos mantiene en suspenso tal como lo haría una novela, la incertidumbre del futuro es muy real y se mezcla perfectamente con elementos literarios que dan al texto belleza y un aire ligero en momentos que pudieran resultar demasiado duros para el lector.
Aparte, Kapuscinsky se ocupó de hablar en un sentido universal que hace que yo, una mexicana que no tenía idea de la situación de Angola, quede atrapada no sólo por la riqueza de situaciones de profunda humanidad, sino también por todos los elementos que, a manera de contexto, el periodista va entretejiendo y a mi me permiten sentir cierta cercanía, ahora entiendo que cualquier moreno mexicano pudiera tener ascendencia angoleña, por ejemplo.
Otro recurso es el brincar de un narrado a otro en primera persona, lo que me da una visión mas rica de lo que se me va contando, como si varias personas me dieran su versión propia.
Muy al estilo de La Peste, de Albert Camus, Kapuscinsky va narrando a manera de diario la decadencia de un país entero, a través de los malos olores, las ratas, la basura, los perros que se fueron y las cajas que transportan a una ciudad entera, puedo darme una imagen paulatina de la desolación y drama que va creciendo cada vez más.
Un dato curioso es el apoyo que Estados Unidos, a través de la Iglesia protestante da a la guerra de liberación, paradójico si pensamos la posición que tiene la población negra estadounidense.
Al final queda claro que la guerra no sólo deja huellas en los que la vivieron, marca a pueblos, a generaciones enteras de habitantes de un país que jamás volverán a ver las cosas desde la misma perspectiva.
Y de Kapuscinsky un ejemplo del periodismo comprometido, que va al lugar, no deja que alguien más le traiga informes, habla con la gente, vive con ellos, sufre y goza a la par y, solo así, logra transmitir un problema político desde un ángulo completamente humano